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18/03/10

EL GRINGO

por Fausto Burgos. Buenos Aires, Editorial Tor, 1935.

En un estudio sobre la literatura del noroeste argentino, Alejandro Fontenla se refiere a Burgos, escritor nacido en Tucumán en 1888, fallecido en 1953. “Viajero incansable y escritor prolífico –afirma-, sus cuentos aparecidos en casi todos los diarios del país constituyen un verdadero inventario del regionalismo, que abarca desde Cuyo a la Puna, incluyendo su tierra natal. Desmañado e instintivo en su escritura, sus desórdenes más evidentes, como la utilización descarnada del léxico regional, son compensados por la realidad y la fuerza emotiva que adquieren sus cuadros”.
Sobre sus libros expresa: “Su bibliografía es vastísima: La sonrisa de Puca-Puca (1926), Cuentos de la Puna (1927), Coca, chicha y alcohol (1927), Cachi Sumpi (1928) son las más prestigiosas compilaciones de los cuentos de Fausto Burgos, algunos de los cuales (“El choike blanco”, “Abejitas del monte”, “Buey viejo”) figuran en numerosas antologías del género. Caracteriza a estos textos –a criterio del ensayista- una personal forma de encarar el tema a abordar: “Abruptamente, sin concesiones a reglas de composición o a pautas de una deliberada atmósfera literaria, irrumpe el paisaje y especialmente sus seres –hombres y animales- en las narraciones”.
Jorge B. Rivera menciona a Burgos en relación con una de las principales publicaciones del siglo XX: “Una revista como Leoplán, ‘magazine popular argentino’ que se vendía en 1936 a 0,20 centavos, ofrecía por ejemplo un nutrido material literario de excelente calidad, integrado por obras de autores nacionales y extranjeros, antiguos y contemporáneos. En sus páginas, especialmente entre los años 30, 40 y comienzos del 50, aparecieron textos originales de Benito Lynch, Julio Ellena de la Sota, Bernardo Cordón, Adolfo Pérez Zelaschi, María Alicia Domínguez, Fausto Burgos, Germán Drás, Mateo Booz, Vicente Barbieri, Eduardo Mallea, Arturo Cancela, Lisa Lenson, Augusto Mario Delfino, Alfonso Ferrari Amores, W. G. Weyland, Nicolás Olivari, Héctor P. Blomberg, etc., conformando –junto con textos de Pirandello, Balzac, Eça de Queiroz, Hamsun, Alarcón, Gorki, Chesterton, Stevenson, Marc Orlan, Daudet, O’Flaherty, Hawthorne, etc- un plan de lecturas variado y singularmente económico, que contó en su época con un sólido y entusiasta respaldo popular”.
Al ocuparse de la narrativa rural, vertiente del realismo tradicional, Estela Dos Santos sostiene que “En su evolución, el regionalismo abandonó su posición nacionalista pasatista para enfocar realísticamente los temas rurales. Un viaje al país de los matreros de Fray Mocho abrió el camino que siguieron Payró, Quiroga, Fausto Burgos, Juan Carlos Dávalos, etc”. Describe un importante factor de diferenciamiento en esta literatura: “El gaucho nómade, cantor valiente, ya pertenecía a la mitología argentina. En la nueva narrativa el hombre de campo es un paisano trabajador, sojuzgado a sus patrones, afincado en límites precisos, tan falto de sentido de la propiedad como su antecesor, porque igual que él no tiene nada, pero es respetuoso de la propiedad de los otros”.
Beatriz Sarlo, por su parte, destaca que “González y Rojas, hombres del noroeste argentino, nacionalistas (nacionalistas en el plano literario) aparecen inaugurando una tradición provinciana, fundadores, al mismo tiempo, de una mitología que los escritores posteriores confirmarían y ensancharían. A esta línea –que en los dos escritores mencionados recurre a una prosa postrromántica, erizada de adjetivación y de giros castizos, difícilmente transitable hoy- se acoplarán, entre 1920 y 1940, Carlos B. Quiroga, Juan Carlos Dávalos, Fausto Burgos, Alberto Córdoba, Daniel Ovejero, entre otros narradores del centro y norte del país”. Obviamente, “existieron condiciones sociales y culturales para definir el espacio geográfico ocupado por esta literatura”. Recorre a las obras un tono de tragedia: “la muerte del arriero por la tozudez del patrón resume el carácter inevitable que, en muchos de estos relatos desde Dávalos a Burgos, tiene la muerte y la derrota”.
La obra que lleva este título fue publicada por Ediciones Tor en 1935. Era el vigésimo primer libro de Burgos que se editaba. Josefina Delgado la menciona en su “Panorama de la novela”: “Nombres como los de Mateo Booz (La tierra del agua y del sol, 1926; La vuelta de Zamba, 1927), Fausto Burgos (Kanchis Soruco, 1929; El gringo, 1935), Carlos B. Quiroga (La raza sufrida, 1929), Alberto Córdoba (Don Silenio, 1936), Ernesto L. Castro (Los isleros, 1943), Alfredo Varela (El río oscuro, 1943), Juan Goyanarte (Lago argentino, 1946), Antonio Stoll (Cuadrilla, 1948), ilustran la solidez de una obra que no depende de especificaciones geográficas”.
El gringo es José Contadini, “un viejo de mediana estatura, de buen cuerpo, tiene los ojos verdes, las mejillas sonrosadas y la cabeza blanca. Es un viejo hecho al trabajo rudo; es uno de esos viejos de morrudos dedos y de cuello rojizo y arrugado”. Italiano llegado a nuestro país cuando niño, se enorgullece de su sangre: “yo soy gringo, gringo puro, más gringo que todos lo gringo que hanno formato la colonia italiana en San Rafael”, dirá. De su casamiento con una mujer de la sociedad nacieron tres hijos. Ingenuo y permisivo, sufre el desprecio de su familia por seguir conservando sus costumbres de pobre, aún cuando posee una gran fortuna; no se trata de mezquindad, sino de su gusto por la sencillez. Habla de sí mismo como el “paganini” o el “pavo viudo”, ya que su familia derrocha el dinero en “el balneario de los ricos”, en Córdoba o en Rosario de la Frontera, mientras él se queda en la finca para poder obtener ese ingreso que les girará periódicamente: “Yo no tengo muquer... –se lamenta-. Ahora me ha decao solo. Se ha ido a Mar del Plata. Quiere que le mande tres mil pesos mensuales; tres mil, `para fundirlos con sus hicas. Yo no podré mandárselos. Este año será mal año. Andan diciendo que la uva no valdrá nada; que el gobierno la comprará para dejarla en la cepa”.
Las hijas dejan de verlo, la mujer le es infiel y el hijo lo agrede incluso físicamente, hasta que llega la hora del arrepentimiento y el gringo vislumbra una modesta felicidad, luego de que ha perdido todo: “La finquita está hecha una alhaja. Da gusto ver las viñas enmaderadas y el cuadro de alfalfa verde y fresca, y la quinta con sus damascos, con sus durazneros, con sus olivos y perales jóvenes. Da gusto ver el agua que entra en la finquita, alegre, revuelta, rumorosa, siempre apurada”.
Junto al protagonista encontramos personajes gringos y criollos. La valoración de quienes lo rodean no tiene que ver, para Contadini, con el país de origen, sino con el hecho de que sea o no trabajador. Para la familia, en cambio, ser inmigrante es una vergüenza que se debe ocultar, tratando de parecerse en lo posible a los nativos de clase alta: ‘Usted no es un gringo –afirma el yerno que vive a expensas del italiano-; usted ya puede llamarse criollo; ya tiene títulos para ello’ “.
Uno de los peones asegura también que Contadini ya es criollo, pero lo hace en otro sentido: “De esas cubas hay que sacar el orujo pa’ llevarlo a las prensas –explica el yerno. Mire vea, ¿y quién saca el orujo?, ¿quién se mete en la cuba sabiendo que dentro de ella puede parar las patas? El peón criollo, señor; el gringo tiene miedo, el gringo no se mete a descubar ni por equivocación. Mi patrón no es gringo; mi patrón ya es criollo; él es capaz de ponerse a descubar también”.
Debe ocultarse, asimismo, toda vinculación con el trabajo manual, ya que es degradante; lo deseable es estar relacionado con la clase dirigente y no tener que ocuparse de menesteres tan poco elegantes como la agricultura. El italiano está convencido de que “El Gobierno cobra lo impuesto y acusta la soga. ¿Para esto nos reventamo lo pulmone trabacando, para dar de comere e de chopar y luco a un ejército y compadrito?”
Como la otra cara de la misma moneda, Burgos presenta con mirada elogiosa a las madres que van con sus chiquillos a trabajar en las viñas: “En los patios de la casa de esas tías pobres, que trabajan a la par del hombre y que llevan a sus hijos a trabajar, bajo un sol amarillo y templado, hay montones, tamaños montones de sarmientos”.
Reitera, a lo largo de la novela, la acusación que los nativos hacen a los extranjeros: “¿No son ustedes los que nos vienen a quitar la tierra y el vino y el pan y todo?” Los peones inmigrantes miran con lástima a quien esto dice y comentan: “Povero nero”, “povero chino”, “é una bestia”.
Gringos y criollos, corte y aldea, la naturaleza y la mano del hombre, son algunos de los opuestos a partir de los cuales Burgos ha creado la trama de esta conmovedora novela, que evoca una época de nuestra historia, al tiempo que reafirma sus dotes como escritor.

11/03/10

ASI ERA ALFONSINA STORNI

En el centenario de su nacimiento

En 1992, el 29 de mayo, se cumplen cien años del nacimiento de la escritora. Nació en un cantón suizo de habla italiana, pero sus padres ya habían emigrado, años antes, a la provincia de San Juan. Su infancia y adolescencia transcurrieron en diversos puntos de nuestro país, en una situación económica difícil, que la obIigó a desempeñar trabajos como los de costurera a domicilio o empleada en una fábrica de gorras. Se recibió de maestra rural.
Colaboró en La Nación, Atlántida, Caras y Caretas y La Nota. Integró los grupos Iiterarios "Anaconda", "La Peña" del Tortoni y el círculo que se reunía en la confitería Richmond de la calle Florida. Escribió teatro para niños y adultos, obras en prosa y poesía. Fue con este último género con eI que logró una fama perdurable, avalada por el Premio Municipal y el Segundo Premio Nacional otorgados a Languidez.
Gravemente enferma, puso fin a sus días el 25 de octubre de 1938, en Mar del Plata.
Mucho se ha escrito acerca de la producción literaria de Alfonsina. Por eso, aunque siempre existe la posibilidad de realizar un nuevo aporte sobre su obra, preferimos abocarnos, en este aniversario, a un tema diferente: su aspecto físico y su personalidad, los cuales estaban muy ligados, Para ello, recurrimos a los testimonios que sobre sí misma dejó la poeta, y también aI que brindó, en Chile, Gabriela Mistral. Con unos y otros, intentaremos formarnos una idea de Alfonsina, para recordarIa en el centenario de su nacimiento.

Evocación de la poeta

Alfonsina nos ha dejado testimonios acerca de sus primeros años. En estos recuerdos, describe un alma que ya reniega de las ataduras, que desea vivir en contacto con la naturaleza: "Crezco como un animalito -dice-, sin vigilancia, bañándome en los canales sanjuaninos, trepándome a los membrillares, durmiendo con la cabeza entre pámpanos. A Ios siete años aparezco en mi casa a las diez de la noche, acompañada de la niñera de una casa amiga donde voy después de mis clases y me instalo a cenar".
En esos años evidencia una imaginación desbordante, Ia misma que aparecerá en su literatura: “A los ocho, nueve y diez años miento desaforadamente: crímenes, incendios, robos, que no aparecen jamás en las noticias policiales. Soy una bomba cargada de noticias espeluznantes. La propia exuberancia de las mentiras me salva". Pero esta etapa llegará pronto a su fin, pues la escritora recuerda: “En la raya de los catorce años abandono".
En sus recuerdos aparece también la iniciación literaria, y la repercusión que ella tuvo en el seno de su familia: "A los doce años escribo mi primer verso, Es de noche: mis familiares ausentes. Hablo en él de cementerios, de mi muerte. Lo doblo cuidadosamente y lo dejo debajo del velador, para que mi madre lo lea antes de acostarse. EI resultado es esencialmente doloroso: a la mañana siguiente, tras una contestación mía levantisca, unos coscorrones frenéticos pretenden enseñarme que la vida es dulce". Sin embargo, la jovencita no se deja vencer por los obstáculos: "Desde entonces, los bolsillos de mis delantales, los corpiños de mis enaguas, están Ilenos de papeluchos borroneados que se me van muriendo como migas de pan".
Alfonsina habla de sí misma en un soneto que tituló "A la mujer que aparece en mis retratos". En éI puede observarse la oposición entre aquello que la poeta ve en su imagen natural, y lo que aparece en sus retratos, con los que no está conforme. Mediante la Iectura del poema, podrá captarse la idea que la escritora tiene de su rostro, y el desagrado con que lo ve malamente reproducido en las fotografías.
Julieta Gómez Paz comenta que "AI verse así, engañosa y torpemente aludida por un rostro que no era el suyo, se decidió a encarar a la usurpadora" en los versos que transcribimos:

Subterránea mujer de mis retratos
de rostro oscuro y lacia cabellera,
perdida tengo en ti mi primavera
que, aunque segunda, reflorece a ratos.

¿Por qué conmigo haces malos tratos?
¿Por qué me vuelves torpe la manera?
muñón deforme la nariz reidera,
los discretillos ojos garabatos...?

Te he dado vida y me odias despiadada.
No te pedía que me hicieras nada:
una mujer común que tiene acento.

Pero al bromuro o sepia te me enconas,
y ya fuera de ti, gritas, pregonas,
contra tu pobre madre a todo viento.

Gabriela Mistral la describe

En 1926, Gabriela Mistral publicó en El Mercurio de Chile un retrato de la escritora, En esas líneas, recuerda la expectativa que tenía y qué sucedió aI conocer a Alfonsina. Habla no sólo de su físico, sino también de sus condiciones espirituales, en tono afectuoso y admirativo.
"Me habían dicho 'Alfonsina es fea' -comienza Ia evocación- y yo esperaba una fisonomía menos grata que la voz escuchada por teléfono, una de esas que viene a ser algo así como el castigo dado a la criatura que trajo excelencia interior. Y cuando abrí la puerta a Alfonsina me quedé desorientada y hasta tuve la ingenuidad de preguntarle '¿Alfonsina?’ -sí, Alfonsina-, y ella se ríe con una buena risa cordial". Seguidamente, la poeta chilena describe a la autora de Ocre, comenzando por su cabello: '"Extraordinaria la cabeza, pero no por rasgos ingratos, sino por un cabello enteramente plateado que hace el marco de un rostro de veinticinco años. Cabellos más hermosos no he visto: es extraño como lo fuera la luz de la luna a mediodía. Era dorado y alguna dulzura rubia quedaba todavía en los gajos blancos”'. El rostro de Alfonsina también parece atractivo a Gabriela Mistral, quien lo describe con estas palabras: "EI ojo azul, Ia empinada nariz francesa, muy graciosa, y la piel rosada, le dan alguna cosa infantil que desmiente la conversación sagaz de mujer madura”. La riqueza interior se trasluce en Ia apariencia fisica, dando origen a este comentario: "Pequeña de estatura, muy ágil y con el gesto, la manera y toda ella, jaspeada (valga la expresión) de inteligencia".
Pasa luego a ocuparse del carácter de la escritora argentina, con quien pasó algunos días: "No se repite, no decae, mantiene a través de un día entero de compañía su encanto del primer momento."Siete días pasamos con ella. Confieso que temia el encuentro, sin dejar de desearlo, porque tengo el anhelo de las casas mejores de este mundo".
La compara con otros americanos, resultando Alfonsina favorecida por sus cualidades poco comunes: “Toda la fiesta de su amistad Ia hace su inteligencia. Poco emotiva. Llega esto a ser ventaja, porque de andar en tierras de América, Ia efusión acaba de cansar como un paisaje abundante, Profunda cuando quiere, sin trascendentalismos: profunda porque ha sufrido y lleva como pocas la cavadura de la vida. Alegre, sin esa alegría de tapiz coloreado de las gentes excesivas; con una alegría elegante, hecha de juego. Muy atenta a quien está a su lado, con una atención hecha de pura inteligencia, pero que es una forma de afecto.
Informada como pocas criaturas de la vida, dando el comentario oportuno de las cosas más diversas, mujer de gran ciudad que ha pasado tocándolo todo e incorporándoselo, Alfonsina es de los que conocen por la mente tanto como por la sensibilidad, cosa muy latina. Sencilla, y hay que repetir que con una sencillez también elegante, pues andan ahora muchas sencilleces desgarbadas que empaIagan tanto como el preciosismo, su enemigo. Una ausencia igual de ingenuidad y pedantería. Una seguridad de sí misma que en ningún momento se vuelve alarde...".

Dos visiones

A partir de los fragmentos transcriptos, podemos comprobar que Alfonsina no se sentía hermosa. Sus encantos radicaban, mas que en la belleza física, en su temple y en su original personalidad -parecía pensar ella-; por eso, cuando se describe en el soneto, no habla de belleza, sino de una segunda primavera que “reflorece a ratos", de una "manera" que sólo se vuelve torpe en las fotografías, de su “nariz reidera”, de Ios "discretillos ojos”. Cuanto afirmamos se halla corroborado por el tercer verso del primer terceto. en el que se define como "una mujer común que tiene acento”.
La descripción que realiza Gabriela Mistral, en cambio, poco tiene que ver con esta imagen que nos brinda Storni. Para la chilena, la poeta tenia un atractivo singular, que vuelve cualidades aquello que podría ser considerado negativo, Observamos que eso se da a lo largo de la evocación, por ejemplo, con el cabello plateado, con su poca emotividad, con su alegría sin excesos. Gabriela Mistral parece fascinada por esa. mujer a la que imaginaba distinta, y no vacila en destacarlo generosamente.
Los textos que transcribimos brindan la posibilidad de detenernos un momento a pensar acerca de Alfonsina como mujer, una mujer del siglo XX que desafió las convenciones y que vivió de acuerdo a lo que sentía, Ella se veía de una forma; Gabriela Mistral la vio de otra, ¿Quién tendría la verdad? Quizás tanto una como la otra, sólo que se veían desde perspectivas distintas: una desde la raíz de su obra y la chilena desde Ia exterioridad de dicha obra. Leer a alguien antes de conocerlo, suele influir en nuestra apreciación acerca de esa persona; Alfonsina estaba presente en sus poemas y esa presencia vigorosa fue la que deslumbró a la chilena. No queremos decir con esto que la personaIidad de Alfonsina no fuera interesante, sino que se complementaba con el mensaje transmitido por los textos que creaba.
Y creemos, finalmente, que ella puede haber sido de muchas formas -como se vio y como la vieron, en su juventud y en la madurez-, pues ése es el sino del ser humano: cambiar durante Ia vida, año a año, ante personas diferentes y en la soledad. Así también cambia su obra, cada vez que un lector la aborda. Tanto las visiones de Alfonsina como los ecos que despierta su lírica se unen, formando, al fin, la verdadera mujer, la que se prodigó en versos memorables, la que se hizo a sí misma, con esfuerzo, y llegó a ser una de las tres grandes poetas de América.

(EL GRILLO, Buenos Aires, 1992)

04/03/10

La conquista de Buenos Aires

por Enrique Loncán, en ULTIMAS CHARLAS DE MI AMIGO. Buenos Aires, El Ateneo,1936.

La intenciòn de formar por medio del arte es una constante en las obras de todos los tiempos; el escritor, consternado ante los defectos que advierte en la sociedad, siente la imperiosa necesidad de marcar un camino, de señalar la senda de lo correcto. Asì, surgen relatos como el de Enrique Loncàn, en el que se observa la irònica evocaciòn del Buenos Aires de la primera mitad del siglo XX, signado ya por la decadencia en las costumbres y la pèrdida de los valores tradicionales.
Todo artista tiene una deuda con su tiempo y con su paìs, una deuda espiritual que se evidencia en su creaciòn. De este modo, el hecho artìstico se encontrarà ligado a una sociedad y, dentro de ella, a un estrato. La obra de Loncàn se halla relacionada con la clase alta, la elitede educaciòn anglofrancesa; su visiòn serà la de un intelectual surgido en el marco de dicho estamento. Porque –como afirman Wellek y Warren- “El escritor, inevitablemente, expresa su experiencia y concepto total de la vida; pero serìa manifiestamente contrario a la verdad decir que expresa cabal y exhaustivamente la totalidad de la vida, o incluso la vida toda de una època dada” (1). Esta es una aclaraciòn que debe tenerse en cuenta al analizar la obra de Loncàn, ya que su postura ètica va a ser la de un aristòcrata, que añora un pasado mejor.
El cuentista naciò en Buenos Aires en 1892. Pertenece -a criterio de Jorge B. Rivera y Eduardo Romano- al grupo de costumbristas y humoristas que realiza su labor entre 1920 y 1940. Entre estos escritores se destacan Roberto Gache, E. Mèndez Calzada y Arturo Cancela (2). Al igual que otros literatos de su època, desempeñò varios cargos pùblicos: ocupò una banca como diputado nacional, fue ministro en una intervenciòn federal y consejero en la Embajada de Parìs. Ejerciò tambièn la docencia, siendo catedràtico de Derecho Polìtico de la Universidad de Buenos Aires. Colaborò, con su firma o con el seudònimo “Americus”, en el diario La Naciòn y en las revistas El Hogar, Caras y Caretas y Nosotros.
Josè Barcia lo recuerda con estas palabras: “Fue un observador sagaz de las flaquezas humanas, la fatuidad, el afàn de ostentaciòn, el mimetismo para aparentar, y, en fin, la ancha gama de recursos màs inocentes que vituperables. Esta es la veta inagotable de que se sirve el autèntico humorista" (3).
Loncàn puso fin a sus dìas el 30 de septiembre de 1940. Se lo considera continuador de la corriente literaria genuinamente argentina de Miguel Canè, Eduardo Wilde y Lucio V. Mansilla. Rivera y Romano advierten en èl resonancias de la obra de Lucio V. Lòpez y, entre los extranjeros, Anatole France, Eca de Queiròs y Thackeray.
El problema ètico es una preocupaciòn constante que se hace presente en cada una de sus narraciones. Nos ocuparemos de este tema en uno de los cuentos màs interesantes, creado en los años de madurez.
“La conquista de Buenos Aires” (4) fue publicado en 1936, incluido en el volumen homònimo. En este cuento se evocan las andanzas de Ciceròn en Buenos Aires durante la tercera dècada de nuestro siglo. El romano fue resucitado por las deidades en el siglo XX y emprendiò un largo viaje -del que se arrepentirá amargamente- que lo trajo hasta nuestras costas, en las que desembarcò expectante.
Estas palabras lo impulsaron a realizar la travesía: “más allá del Atlante existe una ciudad nueva, maravillosa, pletórica de esperanzas. Es la tierra prometida de los inmigrantes, la meta de los destinos fantásticos y las riquezas fabulosas. Se cuentan por millares los hijos del Lacio que en Buenos Aires hicieron fortuna... ¿Por qué no la harías tú también, Marco Tulio Cicerón, que llevas en tu sangre lo más puro de la raza latina y en tu mente todo el genio de la estirpe inmortal?”
Cicerón es el sìmbolo del hombre culto, del intelectual versado y, a la vez, probo en sus actos. Segùn parece demostrarlo el cuentista, ya no hay lugar aquì para un hombre de esos valores; la sociedad argentina de los años 30 està ocupada en otros problemas, persigue fines bastante menos desinteresados. Para mostrar el estado en que se encuentra la comunidad esplèndida de antaño, Loncàn hace que el protagonista deambule por las calles, trabe relaciòn con el hombre comùn y saque sus propias conclusiones.
A lo largo del cuento se conjugaràn dos niveles temporales –presente y pasado-, sin alterar ninguno de ellos. Un primer momento corresponde a la cronologìa de la Antigua Roma: Ciceròn menciona su tierra, Circeii, recuerda a su familia y comenta su labor de defensor de Quinctius, Fonteyo y Cecina. El segundo plano temporal se refiere al año 1932, poco tiempo antes de escribirse el texto.
Es evidente en el escritor la intenciòn de mostrar a Ciceròn haciendo la vida de un legìtimo romano, caminando por las zonas màs concurridas de nuestra ciudad con su paso parsimonioso y tranquilo. Todo cuanto observa le trae recuerdos, inclusive el estadio de River Plate, que el hizo pensar en el anfiteatro de Tusculum. Busca diversos empleos para procurarse el sustento; ninguno de ellos cuadra a sus condiciones, pues no logra reunir los requisitos mìnimos. Por otra parte, su concepciòn de vida es diametralmente opuesta a la del porteño; este contraste se evidencia con gran claridad en la escena protagonizada por el romano en la Sociedad Rural, donde fue contratado como rematador de cerdos.
La comparaciòn entre Ciceròn y los porteños no es meramente anecdòtica; responde a un propòsito determinado. A travès de ella se realiza una crìtica, que no por risueña deja de ser punzante. El latino, hombre ìntegro, ya no pertenece a nuestra sociedad. Su idealismo, su riqueza espiritual, le impiden adaptarse a una forma de vida pragmàtica y materialista, dominada por el dinero.
El hombre educado segùn los cànones clàsicos sòlo encontrarà sufrimiento en la Argentina del siglo XX; es por eso que Ciceròn, desesperanzado, dice a la Nereida que lo resucitò: “Si hubieras respetado mi sueño en la tierra del Lacio que reguè con mis làgrimas cuando mi pobre hija Tulia muriò, hubieses impedido esta tragedia de vivir a destiempo, sin haber hecho la Amèrica, sin haber podido realizar la conquista de Buenos Aires, miserablemente, lejos de la patria, de la familia, de los amigos y de la gloria”. En estas palabras se resume el sentimiento que el autor experimentaba ante una sociedad en constante avance, pero no por ello màs completa.
Como vemos, Loncàn se està refiriendo a un personaje ideal, en el que encarna los màs altos valores del ser humano. Ciceròn no consigue lo que sì lograron muchos de los que llegaron, fatigados y pobremente vestidos, al puerto de Buenos Aires, a “hacer la Amèrica”. Por tanto, este cuento nos da indicios acerca de la opiniòn que Loncàn tenìa sobre el aluviòn inmigratorio.