11/08/10
LA AMISTAD Y EL DEMONIO
LA AMISTAD Y EL DEMONIO. La guerra Civil, por Fernando de Querejazu. Buenos Aires, Plus Ultra, 1988. 285 paginas.
Fernando de Querejazu es arquitecto y profesor de Historia del Arte; ha viajado y vivido en Europa, Cercano Oriente y varios paises de America, donde profundizó sus conocimientos de la técnica y las manifestaciones artísticas. Publicó numerosos trabajos de investigación y ocupó importantes cargos en diversos ministerios e instituciones. Es autor de las novelas Antes hiere el eslabón y EI Pequeño Obispo.
Si aplicáramos a la obra que comentamos los postulados de la critica biográfica, comprenderíamos que la novela surge de vivencias personales, aunque sustentada en bibliografía sobre el particular, como los ensayos de Salvador de Madariaga y Hugh Thomas, entre otros. La critica biográfica -ilustrativa, aunque externa a la obra en sí- señala que los ancestros del artista, sus creencias religiosas y sus ideas políticas condicionan en gran medida la creación. La Amistad y el Demonio confirma la teoria, ya que trasunta la reflexión de un escritor acerca de hechos que lo han marcado.
A los diez años, la Guerra Civil sorprende a Querejazu y sus familiares en un pueblo del norte de.la provincia de Burgos. Al principio, los chicos no entendían muy bien qué estaba sucediendo; sólo pensaban que los acontecimientos que alarmaban a los mayores los libraban de la penosa obligación de asistir a clase. Luego vieron que la guerra destruía hogares, mutilaba hombres ...
En este escenario se inscribe la historia de una arnistad, la de Francisco y Xavier, que los unió hasta el momento de la muerte. Francisco, víctima de un desgraciado episodio, vuelca su ira en el indefenso poblado; la violencia de su alma desgarrada lo vuelve capaz de los actos más sanguinarios, pero siempre intenta proteger a su arnigo, un joven con el que poco podía tener en común.
Mientras los alimentos se echan a perder bajo la nieve, Madrid padece harnbre; mientras alguien trata de salvar su vida, el destino lo sorprende, ineludible, poderoso. España clama por la paz, pero el demonio es amo y señor de las tierras del Cid. Querejazu relata con estilo sobrio cuanto vio; esta misma sobriedad sugiere muchas palabras que ha callado y yuelve la narración más impresionante aún.
En la novela encontraremos situaciones inteligentemente presentadas, belleza en el lenguaje y, fundamentalrnente, a un hombre que analiza, desde la madurez, una época aciaga de su pasado. Son muchos motivos para acercarnos a ella.
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04/08/10
OBRA DRAMATICA DE ARMANDO DISCEPOLO
por Osvaldo Pelletieri. Buenos Aires, Eudeba, 1987. 374 pp.
Osvaldo Pelletieri, profesor de Literatura Argentina, Investigador del CONICET y director teatral, ha reunido en este volumen algunas de las obras de juventud de Armando Discépolo, escritas entre 1910 y 1923. Por esta época, el teatro vivía su momento de mayor esplendor, ya que contaba con los textos de Florencio Sánchez y las interpretaciones de Jose, Jerónimo y Pablo Podestá.
Un interesante estudio preliminar, a cargo del compilador, nos informa acerca de la importancia de estas breves obras, relegadas por el brillo de creaciones posteriores. “Fundamentalmente –afirma- son el testimonio de una época del dramaturgo argentino más importante de todos los tiempos, la mostración de una búsqueda y el paradigma de un momento del teatro argentino en el que el sistema textual estaba estancado”. Son importantes, también, porque en ellas pueden observarse rasgos que caracterizarán las obras de madurez discepolianas, como la intención de acercarse a la realidad de su tiempo, la recurrencia del “personaje derrotado”, y la inclusión de un ente de ficción destinado a aclarar la tesis realista, con fines didácticos.
El volumen incluye Entre el hierro, El rincón de los besos, La fragua, El reverso, El vértigo y Mateo. Las notas y el vocabulario, en los que Jorge A. Dubatti y Claudia Sánchez colaboraron con el estudioso, resultan de suma utilidad para comprender estos textos.
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28/07/10
ROJOS Y BLANCOS. UCRANIA
por Rosalía de Flichamnn. Per Abatt, 1987.
La autora de Rojos y Blancos, Ucrania nació en ese país y vive actualmente en la provincia cuyana. Sus pinturas se exhiben en museos y colecciones privadas de Estados Unidos, Europa y Sudamérica, e ilustran sus memorias. Esta obra transmite al lector las penurias que debieron pasar muchos inmigrantes en su país de origen y habla, a la vez, de las diversas latitudes elegidas para afincarse en la Argentina. No todos se quedaron en Buenos Aires, hacinados en conventillos; muchos se dirigieron al interior, donde prosperaron aun enfrentando a indios y xenófobos.
La escritora afirma que ella y su familia eran perseguidos en Ucrania por dos motivos: su condición de judíos y de burgueses. Si estas dos causas motivaron la amenaza constante a la que estaban sometidos, también significaron la posibilidad de radicarse en nuestra tierra, ya que la madre se apoyó “en instituciones judías que ayudan a los emigrantes fugitivos que salen de Rusia”, y el hecho de ser pudientes les permitió una salvación que a otros estuvo negada.
En estas páginas, la escritora evoca su niñez, en la que las amarguras eran una realidad cotidiana. Las persecuciones, la revolución, la guerra civil, las violaciones y los asesinatos –a los que se suman las inundaciones y el tifus- son el cuadro con el que Rosalía debe enfrentarse a muy corta edad: “Los blancos están en la ciudad, persiguen sin cesar a los judíos. Matan a los hombres, se apoderan de las mujeres jóvenes y hasta de las niñas. Estoy cansada de tanto horror. Y los cambios continúan. Hoy los blancos, mañana los rojos. Como somos despreciables burgueses, éstos invaden la casa y nos reducen a dos habitaciones. El hambre se hace sentir, duele”. Más adelante, manifestará una preferencia, en su desgracia: ”Quiero que vuelvan los rojos; cantan la ‘internacional’ y nos asustan, pero que vengan pronto. Los blancos son peores, ignorantes, desalmados, asesinos”.
La niña recuerda el escondite en el que su abuelo refugiaba a la familia y a algunos vecinos -los ancianos y las madres con hijos- cuando estaban en peligro: “nos situamos en un lugar oscuro, sin aire. Es bajo, menos de un metro de altura. Ya estamos todos acurrucados, en silencio. ¡Cuidado! Que nadie hable, no hacer ruido, dice el abuelo. Algunas mujeres lloran despacio. Un niño pequeño empieza a protestar y llora cada vez más fuerte. ¿Quién grita? ¡Tapen la boca a ese niño! ¡Nos van a descubrir por su culpa! ¡Nos matarán! Pónganle un trapo en la boca”. El anciano es evocado como un verdadero patriarca; él quedará en Ucrania, y aceptará generosamente que su familia marche hacia la libertad.
La protagonista describe asimismo la desesperación que sentían ante un pogrom. En uno de los capítulos dice: “Nos reunimos todos en un cuarto. Apagamos las luces y vemos entrar por las ventanas enormes piedras que rompen los vidrios y todo cuanto encuentran. (...) Creo que Dios dio vuelta la cara y no mira. ¿No sabe que el abuelo es tan bueno, que rezó mucho en la Sinagoga? ¿Y que la abuela prende dos velas y las bendice?”. Incapaz de comprender tanto fanatismo y codicia, se siente abandonada en su desolación.
Agobiada por la tristeza, la niña piensa en el padre, al que no ve desde hace años: “Se fue antes de que empezara la guerra, se fue lejos, más allá del cielo y las estrellas y la luna. Por eso no tengo una muñeca. Pero mamá dice que pronto me va a regalar una”. De esa tierra lejana llega la muñeca, y también una canción: “Aprendo a cantar en ruso un tango que llega de la Argentina, ‘El Choclo’. Por cierto, las señoras elegantes usan vestidos color ‘tango’. Mi tía grande tiene un abrigo precioso de ese color, un hermoso anaranjado”.
Después de muchos trámites, emigran para reencontrarse con el padre que viajó ocho años antes: “Me convenzo de que no sueño, de que terminaron los preparativos. La última noche casi no duermo. Miro todo, quiero recordar la casa que nunca más veré. Miro por la ventana la calle familiar, la gente que pasa. Me levanto despacio, voy al balcón. Recuerdos, risas, lágrimas, sueños”. La niña desea partir, a pesar de que echará de menos su tierra: “Pronto estaré lejos de este país. Esto es lo que quiero. Poner distancia, no volver nunca más ni recordar lo vivido; aunque amo a Rusia, amo a Ucrania, amo la ciudad donde nací. Y cantaré, leeré y escribiré en el idioma que tanto quiero y recordaré siempre. ¿Pero por qué estoy triste? ¿Acaso no voy hacia la felicidad?”
Luego de un viaje penoso llegan a Buenos Aires, donde tiene lugar el ansiado encuentro con el padre que “sonríe, siempre sonríe”: “Vestidas de blanco, subimos a la parte más alta del barco que ya está atracando al muelle. Abajo se ve un enorme gentío. Miro y no distingo nada ni a nadie. Mamá busca ansiosamente. La veo nerviosa, excitada. ¿Estará papá allá abajo? Ella mira, busca. ¡Es papá! Se tambalea, se desmaya. Nos ayudan a levantarla. Se repone pronto y estamos listas para pisar suelo argentino. (...) papá nos abraza, besa a mamá. ¡Qué alivio, ya no tengo que protegerla! Ya tiene quien la cuide, quien la ame. Me siento liberada, contenta. Yo siempre la quiero mucho; pero desde ahora sin angustias, sin penas”.
Por fin, llegan a Mendoza. La pequeña se compara con otras niñas de la familia, que no han conocido la guerra: “En la estación nos reciben dos primas algo mayores que nosotras. Al mirarnos se produce el choque de dos mundos reflejados en el aspecto de ellas y de nosotras. Las primas parecen muñecas sonrientes, despreocupadas”.
Ha comenzado para Rosalía “una larga vida en la Argentina, una vida plena y feliz”.
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